
El desayuno de los domingos siempre me ha parecido la comida mas satisfactoria y reconfortante, te aliviana la tripa después del partido de “fucho” a las siete de la mañana y te da la energía suficiente para huevonear el resto del día.
Desafortunadamente este domingo, el Reyes que me chingue anoche me cobró factura. Maldito veneno, es en estos casos cuando odio ser pobre y no tener para una buena botella.
La tripa rugiendo, las ganas de echar una “firma” y el olor del desayuno, las tres en conjunto me despertaron. La resaca me hacía ser torpe y lento, aun así llegue a la mesa lo mas apresurado que pude.
Cuando tuve mi plato de fruta con yogur enfrente, empezó el castigo. Plátano, fresa, melón, manzana y papaya ¡mmmh!, todas las frutas se mezclaban y se veían saludablemente apetitosas. La frescura se denotaba en sus colores vivos y su jugosidad. Refresqué las frutas con yogurt y miel, los dos líquidos dulces y viscosos, escurrían lentamente por los contornos de las rueditas del plátano, los cubitos de melón y los pedazos de fresa. La miel parecía lava dorada arrasando y cubriendo toda la superficie seca.
Al llevarme el primer bocado, vino la debacle. El dulce sabor de la guerrilla fructífera que acostumbro atacar todos los domingos, no fue el mismo; el gusto a mentol, tabaco y al brandy de ‘varo’ se entremezclaron con el de mi plato y me provocaron unas terribles nauseas. Mis papilas gustativas se paniquearon y no supieron degustar el desayuno, imagino que entre ellas me mentaban la madre, pues estaban bañadas y húmedas con un sabor a Coca-Cola sin gas, puro dulce, al pinche Armor all que chupé y al único ‘delincuente’ que me fumé anoche.
La confusión de sabores empezó en mis papilas, se traslado por mi laringe y desembocó en mi estómago; inmediatamente mi cerebro me lanzó el mensaje diciéndome: “Pélate de la mesa que vas a hacer un desmadre” y efectivamente, la explosión de dulce que me había preparado fue la gota que derramó el vaso. El sabor a Reyes se hizo presente los cinco minutos de estancia en el inodoro, basqueando por supuesto. La poca fruta que alcance a tragar terminó inundada de petróleo. Pobres frutitas, después de vivir en las mieles de la vida terminaron en un charco de líquido para destapar caños…y yo, con mi aliento de teporocho, me dispuse a describir la inmundicia de degustar pomos baratos y desayunar –pendejamente - como los campeones.
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